Suena el despertador, abro los ojos y sonrío. ¿Porqué? por que no estoy en mi casa, estoy en la de él. Me levanto con ganas de comerme el mundo pero pasados cinco minutos recaigo en la tristeza al pensar que tengo que volver a casa. Abre él la puerta de su habitación, se agacha ante mí y me dice, tranquila, dentro de poco estaremos juntos. Sonrío como puedo y le doy un beso en la frente. Me pongo la ropa de anoche. Ay que noche, pienso y a la vez suelto una carcajada. Entro al baño donde está él, peinándose. Me quedo en la puerta observándole, mirando todo lo que hace. Se da cuenta y me agarra de la cintura besándome. Le separo un poco de mí y le digo, vayámonos que me tienes que llevar a casa, él asiente y salimos del baño, de su casa.
Llegamos a la mía, miro la fachada y sacudo la cabeza. Le miro diciéndole, ¿me llamarás?, afirma con la cabeza y me dispongo a subir a mi cárcel. Me paro frente a la puerta, esa letra D que está justo arriba me da hasta miedo. Meto la llave en la cerradura respirando hondo y la abro. No hay nadie, pienso. Pero no, hay gritos dentro de mi casa. Cierro los ojos lo más fuerte que puedo, rezando que esos gritos no sean para mí. Pero sí, si que son para mí. Grita mi madre una y otra vez mi nombre, que vaya inmediatamente. Hincho los mofletes conteniendo el aire y voy hacia la cocina, donde está ella, con mala cara, refunfuñando por lo bajo. De repente me empieza a chillar, a decirme que no valgo para nada, que solo valgo para irme con cualquiera, para follar. Se me caen las lágrimas y ella me da un bofetón. Me repite una y otra vez que me valla de su casa, que no me quiere, que no soy nadie. Suspiro y me voy a mi habitación tirándome en la cama, llorando como una niña pequeña. Me pregunto una y otra vez cómo puedo estar así, cómo estoy en esa situación. Grito en mis adentros ¡VETE! no aguantes más, pero no, no sé porqué pero no puedo irme.
Me seco las lágrimas y acto seguido me llama él. Sonrío al pensar que alguien me quiere, alguien que me ayuda a salir aunque sea un poco de esto. Cojo el teléfono y paso hablando con él horas.
Me ruge el estómago, tengo hambre, pero sé que nadie se a acordado de mí, de mi cena. Busco un paquete de pipas que tenía de ayer por la tarde, esa tarde tan maravillosa.
Hora de dormir, pero viene mi madre. Suspiro y veo que entra. Me grita de nuevo pero no aguanto, la reclamo el porqué me trata así, porqué, porqué, ¡PORQUÉ!. Me vuelve a levantar la mano pero esta vez no la dejo, la agarro el brazo y digo, se acabó. Me voy de casa, a la calle. Llueve, pero me da igual, ando hasta la casa de él. Llamo y me abre deprisa, me espera en la puerta y me abraza. No le importa que le moje, me abraza fuerte.
Después de mucho tiempo me siento bien, me siento como con una familia aunque solo sean dos personas.