lunes, 20 de junio de 2011
Huelen a ti.
Es triste, pero todos nuestros recuerdos caben en esta caja de cartón. He recortado todas las palabras escritas con tu letra que he podido encontrar. Las he intentado volver a ordenar una y otra vez, y siempre suena la misma despedida. Tengo ahí, justo al fondo, esa foto que nunca nos hicimos y ya no nos haremos. Tú sonríes, pero créeme: yo más. A veces imagino que todavía llevas puesto ese jersey negro, otras me pierdo en aquel color azul. Pero siempre cambiaría cualquier cosa por un solo segundo más para respirar tu aire, para sentir tu presencia. Para dejar de llorar. ¿Sabes? También he guardado todo lo que sigue teniendo tu olor. Mi reloj todavía huele a ti; no sé como es posible, pero me consuela. Me gusta cogerlo, tener presente que un día tú también tocaste su esfera. Que un día tú también viste pasar el tiempo a mi lado. Que hace meses escribías historias por mi brazo, que te encantaba hacerme reír. Por debajo de la tapa se colaron tus chistes malos, tu tono de voz, tu risa. Puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que ese es el mejor timbre de despertador del mundo. Bueno, lo era hasta que tú me dijiste adiós como si estos años no hubieran sido más que algo perdido. Pero también he de confesar una cosa, no está llena mi caja. Con esto no espero que vuelvas algún día, ni siquiera puede llamarse a esto una esperanza. Aún así, me gustaría verte aparecer un día, sonreír al ver que te acuerdas de mis estúpidos motes. Colocar en el espacio vacío una foto nuestra, para estar segura de que todo fue real antes de que te vayas otra vez. O mejor, no tener que abrir de nuevo esa caja nunca, por saber que a mi lado está lo que siempre quise.
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