No logro borrar de mí todas esas vivencias, los recuerdos de la existencia que algún día tuve: los sabores inesperados y las locuras cometidas; las formas, las divinas formas de cada cuerpo de mujer que compartió mi cama; las verdades universales dichas a escondidas; la mariposa que con un simple aleteo produce un huracán al otro lado del mundo... y todos los placeres que en vida consumieron una a una las pocas horas que me fueron concedidas.
Y entre las rutinas de aquellos que se dicen humanos, vuelven a mí, en ocasiones, imágenes que me intrigan, ráfagas de sentimientos vividos que me invitan a liberar mi mente, que transportan olores que conozco.
Es curioso, recuerdo cada detalle de mi vida pasada y sin embargo aquí y ahora, de ella, la mujer que copó mis sueños más profundos, conservo tan solo pequeños fragmentos, como partes inacabadas de una historia que quizá todavía no haya terminado. La imagino en verano, con su vestido de flores y de nuevo aparecen esos ojos, esos enormes ojos enfermizos que invaden mis noches, quizá suyos, quizá incluso míos, a penas ya los recuerdo. Y continúan, por más que sin quererlo la olvido, esa sensación de escalofrío al imaginarnos de nuevo y los aleteos de miles de mariposas en mi estómago. Tal vez, estas también, de las que causan huracanes.

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